Nos jugamos la vida

Frente a las presiones de los poderes financieros hemos de poner toda nuestra energía colectiva para ganar la batalla y que la desescalada se haga con las personas en el centro

No hace tanto, aunque parezca un siglo, que el tsunami de la pandemia nos sacudió colectivamente (y seguramente nos quedan todavía algunos temporales por venir) y aprendimos de golpe algunas cuestiones que han comenzado a cambiarnos, esperemos que para siempre.

Hemos descubierto que de este mal sueño no hubiéramos salido sin las manos de las sanitarias, de las cuidadoras, de las cajeras y de las limpiadoras. Esas manos que parecen nuevas, pero que arrastran numerosos callos con nombre de precariedad e invisibilidad y que siempre, y no solo ahora, son imprescindibles.

Sus manos nos han dado de comer, nos han curado, cuidaron de nuestros niños y niñas, dependientes y amigos, tejieron redes de solidaridad para ayudar a las vecinas y ayudaron a luchar y a morir a nuestros abuelos y abuelas.

Han puesto en riesgo la salud de los suyos aún sin saber muy bien quiénes las cuidarían si ellas enfermaban.

 ¡Tan invisibles son los cuidados!  ¡Tan solitarios! Y sobre todo, ¡tan privados!

El sistema capitalista y patriarcal nos ha hecho asumir con toda normalidad que los cuidados ha de resolverlos cada quien en su casa. Y en esta crisis del coronavirus no hemos sido capaces de aliviar el insomnio de tantas y tantas trabajadoras esenciales: ¿pongo en riesgo a la abuela llevándole al niño o voy al trabajo para poder llenar la nevera? 

Esta ecuación es irresoluble en solitario, porque sin comunidad no sobrevivimos, así de sencillo, así de profundo.

No hace tanto, aunque parezca un siglo, que el tsunami de la pandemia nos sacudió colectivamente (y seguramente nos quedan todavía algunos temporales por venir) y aprendimos de golpe algunas cuestiones que han comenzado a cambiarnos, esperemos que para siempre.

Hemos descubierto que de este mal sueño no hubiéramos salido sin las manos de las sanitarias, de las cuidadoras, de las cajeras y de las limpiadoras. Esas manos que parecen nuevas, pero que arrastran numerosos callos con nombre de precariedad e invisibilidad y que siempre, y no solo ahora, son imprescindibles.

Sus manos nos han dado de comer, nos han curado, cuidaron de nuestros niños y niñas, dependientes y amigos, tejieron redes de solidaridad para ayudar a las vecinas y ayudaron a luchar y a morir a nuestros abuelos y abuelas.

Han puesto en riesgo la salud de los suyos aún sin saber muy bien quiénes las cuidarían si ellas enfermaban.

 ¡Tan invisibles son los cuidados!  ¡Tan solitarios! Y sobre todo, ¡tan privados!

El sistema capitalista y patriarcal nos ha hecho asumir con toda normalidad que los cuidados ha de resolverlos cada quien en su casa. Y en esta crisis del coronavirus no hemos sido capaces de aliviar el insomnio de tantas y tantas trabajadoras esenciales: ¿pongo en riesgo a la abuela llevándole al niño o voy al trabajo para poder llenar la nevera? 

Esta ecuación es irresoluble en solitario, porque sin comunidad no sobrevivimos, así de sencillo, así de profundo.

Frente a las presiones de los poderes financieros hemos de poner toda nuestra energía colectiva para ganar la batalla y que la desescalada se haga con las personas en el centro. No se puede reactivar el ámbito productivo sin un plan de atención a menores y sin medidas que protejan a los abuelos y abuelas que son los principales apoyos de las familias. 

Igual es tiempo de debatir si las escuelas son la única institución que debe hacerse cargo de facilitar la conciliación familiar, o qué tipo de servicios sociales y públicos queremos.  

Es tiempo de pensar mecanismos comunitarios que analicen necesidades y las resuelvan desde una visión holística, en la que se tenga en cuenta la perspectiva educativa, sanitaria, de atención a las necesidades de vivienda y alimentación. 

No podemos seguir creando espacios públicos de espaldas a los cuidados y a las relaciones. Los horarios de trabajo nos han de dejar tiempo para vivir y cuidar a los nuestros. La organización de los espacios públicos ha de regirse bajo su lógica.

Por eso ahora que vienen de nuevo las voces del viejo mundo a decirnos que hay que recuperar cuanto antes la normalidad, ¿de qué normalidad hablan?

¿Aquella en la que estábamos agotando los límites del planeta con los ojos tapados y al borde del abismo? ¿Aquella en la que la economía está al servicio de unos pocos, de los de siempre? ¿Aquella en la que nuestra vida es algo totalmente secundario?

Nosotras queremos una nueva normalidad, pero poniendo el foco en lo nuevo, y tenemos una propuesta muy clara, empezando por lo primero. Salvar la economía no es lo mismo que salvar el capitalismo (por mucho que nos insistan hasta la saciedad para que lo repitamos como autómatas).

Porque, qué importante es saber de dónde venimos, y qué mejor que remontarnos al origen de nuestras palabras, de nuestro lenguaje. Economía, “oikonomos” en la Antigua Grecia, significaba administración del hogar, allá donde comenzaba la vida y cuyo trabajo tan pronto recayó sobre nuestras espaldas.

Por eso, es necesario empezar la transformación desde nuestros hogares (aquellas que tenemos el privilegio de tenerlos) y desde lo más cotidiano, para continuar con la destrucción de un sistema, el sistema capitalista, en el que la economía está al servicio del beneficio de unos pocos. Nosotras queremos una economía que pone en el centro la vida y pone todos sus recursos para sostenerla, dando por ello valor al trabajo de cuidados.

No es momento de volver a lo viejo, porque lo viejo es insostenible y se ha revelado con crudeza la fragilidad de nuestras vidas en un sistema que no las prioriza. Y cuidado, entre el nacimiento de lo viejo y la construcción de lo nuevo, prestemos mucha atención a los monstruos, que ya están al acecho.

Otro mundo es posible. No parece factible, y ni siquiera deseable, que todos los cuidados que precisemos tengan que estar mercantilizados. Hay una gran parte de ellos, los ligados al afecto, al establecimiento de vínculos, sin los que no es saludable vivir, y sin los que nadie querríamos vivir. Deseamos vivir y cuidar a personas a las que queremos y nos quieren, a las que sentimos que importamos, y en este momento de vulnerabilidad colectiva que hemos vivido, hemos sentido su importancia. Los cuidados, los afectos, son el factor de protección emocional ante las situaciones críticas y lo que, a final de cuentas, da realmente sentido a nuestras vidas. Nos merecemos una sociedad que se organice poniendo lo importante en el centro. 

Pero aunque ya lo dijimos, lo dijeron (todas las compañeras y compañeros que nos han dejado durante esta crisis luchando hasta el final y aquellas que continúan resistiendo) y lo diremos. No nos quedamos ahí, de nada nos sirve saber y reafirmarnos. 

Nos necesitamos, somos absolutamente imprescindibles para el comienzo de una nueva etapa en la que nuestras vidas sean lo primero y en la que podamos aspirar a una vida digna. 

Aprovechemos esta oportunidad histórica en la que todo se ha hecho demasiado evidente, en la que nuestras mentes han sido más conscientes, en la que hemos llorado de tristeza y de alegría, en la que hemos querido tirar la toalla y nos hemos levantado en un momento u otro, en la que hemos resistido juntas, organizadas, generando tejido de barrio, comunidad.

Tenemos un enorme poder y, por ello, una gran responsabilidad. 

Nos hace falta más comunismo, nos hace falta más feminismo. 

Y no sólo es importante, es urgente, ¡porque nos jugamos la vida en ello!


Fuente

Irina Martínez / Cristina Hernández / Sara Naila Navacerrada 12/05/2020

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