Pocas cacerolas pero mucha comida: la movilización silenciosa de un barrio obrero de Madrid para ayudar a sus vecinos

Por su interés reproducimos este artículo sobre la excelente labor de las vecinas organizadas de Aluche

Los vecinos de Aluche asumen un servicio social que creen que debería corresponder a las administraciones: alimentar a quienes se han quedado en la estacada. “Un plato de comida caliente ayuda y a mí no me cuesta nada”, afirma una donante.


“La alimentación es algo donde tienen que surgir el resto de acciones: si una persona no está bien alimentada, poco más puede hacer. Un plato de comida caliente ayuda a cualquiera, hay mucha gente que lo necesita y a mí no me cuesta nada”. Quien habla es Yolanda, vecina del barrio de Aluche, en Madrid. Ha sido una de las primeras donantes del viernes tarde. Acaba de dejar un par de bolsas en la puerta del número 69 de la calle Quero, sede de la asociación vecinal convertida desde hace más de un mes en improvisado almacén de alimentos. Lunes, miércoles y viernes se recoge. Sábados y domingos se reparte. “Vi las imágenes de gente haciendo cola y, como me pilla cerca de casa, aproveché la última vez que fui al super y compré más para luego traerlo.

Aunque celebra que es una ayuda “que sabes que llega directa a quien lo necesita”, afea que “son las instituciones las que deberían asumir este papel, no los vecinos, pero alguien tiene que hacerlo con tal de que la gente no lo pase mal. “Cuando pasa a la gente de al lado y ves a la gente del barrio, da igual que este o de otro, pero las personas que conviven contigo pasarlo mal parece que te sensibiliza más”, añade.

Hay tantas y tan distintas realidades dentro de Madrid que algunas incluso parecen ser mundos aparte. Es lo que ocurre habitualmente entre el interior y la exterior de la M-30. Un ejemplo son los casi 10 kilómetros que separan el barrio de Salamanca, en pleno centro la ciudad, del de Aluche, en la diagonal suroeste, casi al borde del término municipal. No es lo único que los hace distintos: la renta en la calle Núñez de Balboa, donde comenzaron las caceroladas contra el Gobierno, llega a ser más del triple que la de esta manzana de la periferia. La movilización de los segundos, eso sí, más silenciosa.

El horario de recogida empezó a las 17 horas, treinta minutos de que llegara Yolanda, pero el goteo de vecinos que aparecen con bolsas es constante. Hay quien se queda para ayudar. “Vi en televisión que hacía falta, soy del barrio y decidí echar una mano”, explica Ana en su segundo día como voluntaria. “Estamos viviendo momentos muy difíciles y hay mucha gente que lo está pasando mal, ya sea por los ERTE o por ser autónomos”, lamenta esta vecina, que destaca que “la movilización es muy importante; hacen falta ganas y actitud positiva”

La sede de la Asociación de Vecinos de Aluche (AVA) se han visto desbordada y otros colectivos han cedido sus espacios para hacer frente a la demanda. Es lo que hizo la Casa Autogestionada del Barrio de Aluche (La CABA) con su local, a una manzana de distancia y ya en idéntica situación: queda el espacio justo para que los voluntarios se puedan mover. El resto está repleto de productos de primera necesidad, tanto alimenticios como de higiene. Los voluntarios se reparten en turno para atender la demanda, por un lado, y organizar los paquetes que se da a cada persona o familia, por otro. “Ya hay más gente que viene a donar que a recibir”, explican.

“Muchos creían que eran clase media”

“Aquí estamos envasando verduras y después empaquetamos con la fruta”, dice Luisa a las puertas del local de La Caba. “Todo lleva lo mismo: repollo, zanahoria, cebolla, calabacín, papas… Se les echa un poco de todo, entre dos y tres kilos por bolsa”. Mientras, otro voluntario sugiere partir los repollos por la mitad: “Es difícil que dé para todos y es mucha cantidad; mucha gente no saber qué preparar con uno entero toda la semana”. “Bueno, y abajo tenemos las bebidas”, continúa Luisa mientras invita a bajar por unas escaleras estrechas y algo empinadas.

“Es poco incómodo esto”, reconoce antes de señalar una planta baja inundada de todo tipo de productos. “Todo esto son donaciones También hay muchas cosas que traen para los pequeños, papillas, potitos, pañales, galletas, cosas de aseo….”. Su esposo es un histórico de la asociación, pero está jubilado y tiene diabetes, así que no está pudiendo ayudar por ser de alto riesgo, pero ella viene “a colaborar en todo lo que haga falta”. “Justo antes de que llegaras han traído un montón de geles de baños y demás, todo esto que ves aquí”.

“Es poco incómodo esto”, reconoce antes de señalar una planta baja inundada de todo tipo de productos. “Todo esto son donaciones También hay muchas cosas que traen para los pequeños, papillas, potitos, pañales, galletas, cosas de aseo….”. Su esposo es un histórico de la asociación, pero está jubilado y tiene diabetes, así que no está pudiendo ayudar por ser de alto riesgo, pero ella viene “a colaborar en todo lo que haga falta”. “Justo antes de que llegaras han traído un montón de geles de baños y demás, todo esto que ves aquí”.

Él comenzó a colaborar en abril, a raíz de la conversión de la emergencia sanitaria en crisis económica y social. “Antes participaba en las manifestaciones que convocaban, para reivindicar la construcción de colegios o el rechazo a las casas de apuestas, pero no era tan activo. Supe que hacían falta manos, soy del barrio desde pequeñito y el barrio es el barrio: hay que levantarlo entre nosotros porque se nos tiene olvidados”, relata. “Solo nos queda recurrir a nosotros mismos, pero esta labor no puede depender de lo solidaria que sea la gente“.

Él comenzó a colaborar en abril, a raíz de la conversión de la emergencia sanitaria en crisis económica y social. “Antes participaba en las manifestaciones que convocaban, para reivindicar la construcción de colegios o el rechazo a las casas de apuestas, pero no era tan activo. Supe que hacían falta manos, soy del barrio desde pequeñito y el barrio es el barrio: hay que levantarlo entre nosotros porque se nos tiene olvidados”, relata. “Solo nos queda recurrir a nosotros mismos, pero esta labor no puede depender de lo solidaria que sea la gente“.

“Desde que salió en la tele no paramos”

Fuera del local está Martín, otro vecino de toda la vida y socio de AVA. Él participa en uno de los grupos de empaquetado. “Con el encierro no estoy trabajando y he podido venir a colaborar. Es la quinta semana ya. Empezamos con unas pocas familias: el primer fin de semana se dieron 200 bolsas y ha sido in crescendo“, cuenta mientras se apoya en la valla de la entrada. “Las donaciones han subido muchísimo después de que saliera en la tele. Ya había muchos vecinos colaborando, pero ahora no paramos”, celebra.

Eso sí, en los últimos días reconoce que la situación “se ha estabilizado un poco”, ya que cada vez hay más redes organizadas en el resto de barrios y “se están localizando en cada uno”. Así, están en permanente contacto con otros colectivos vecinales de barrios colindantes, como Batán, Lucero o Los Carmenes. Hasta no hace mucho, los más necesitados de esos vecindarios acudían a este para hacerse con su paquete. Y si en un barrio hay exceso de un tipo producto, avisan a otro que lo pueda necesitar. “Ahora mismo ha venido una chica del barrio de Las Águilas, de aquí al lado, que están montando otro banco de alimentos. Se van a llevar productos de higiene sanitaria porque nos sobran ahora mismo”, comenta mientras señala un coche.

Martín también subraya que “las donaciones son anónimas, no se apunta nada de lo que se recoge, y también hay quien ayuda económicamente a través de la cuenta”. “Hay mucho pequeño comerciante de la calle Quero y otros sitios de Aluche que están donando. Han venido gente de bares que estaban cerrados y tenían productos que en un par de meses caducaba y lo han traído, como leche. Incluso gente que no es del barrio. El otro día vino un chaval con el maletero lleno de la zona de la carretera de Valencia”, apunta. También agradecen la donación de los vecinos y raperos Natos y Waor, “mucho antes de que las cámaras miraran”.

Este voluntario recuerda que “la AVA es una red de ayuda mutua, no un banco de alimentos, pero ha surgido este problema y estamos desbordados porque es una emergencia”. De hecho, hay lista de espera para cuando el agotamiento pueda a los colaboradores actuales: todos no pueden trabajar a la vez por lo limitado del espacio.

La tarde sigue avanzando y en la sede del AVA aparece un matrimonio de mediana edad cargado de bolsas. “Nos hemos enterado hace poco y hemos querido colaborar. Nos hemos pasado antes de ir al super para ver qué hacía falta, para no comprar lo típico, y hemos traído alimentos para bebés. Si no ayudan Ayuntamiento y Comunidad, que son los que lo tienen que hacer, habrá que echar una mano. Es un granito de arena de la gente que pueda”, expresa ella.

A medida que cae el sol, la afluencia de vecinos crece. También aparece Celia con su compañero de piso. “Yo trabajo en el Hospital Gómez Ulla, que está aquí al lado, y soy vecina de toda la vida. Les propuse a mis compañeros donar y ha tenido mucha acogida y me está ayudando mi compi a traer todo”, apunta señalando un carro y varias bolsas. Y recuerda que “en los momentos más difíciles, los vecinos también se preocuparon de donar materiales que hacían en sus casas, y queríamos hacer esto para agradecerlo”.

El estigma de pedir comida a tus vecinos

Muchos vecinos se han visto por primera vez en una situación en la que necesitan de ayuda para lo más básico. “El otro día vino una señora a inscribir a su hijo y a su nuera porque se habían quedado sin trabajo ni medios y para ellos era un problema apuntarse”, cuenta un voluntario como ejemplo.

“Hemos visto a un señor que estaba recogiendo fruta en el contenedor de enfrente de la frutería y le hemos dicho que teníamos este proyecto de apoyo mutuo. Nos ha dicho que lo sabía, pero que a su mujer no le gusta pedir porque siempre han sido del barrio y no quiere que le vean. Otro señor se apoyó en la puerta y nos dijo que no tenía absolutamente nada, pero que nunca había pedido. Fue la primera vez que me quedé clavada, porque era un hombre que solía ver tomando cañas en bares a los que voy y ahora te dice que no tiene nada que poner en la mesa”.

Quien habla ahora es Yolanda Juarros, vocal y voluntaria, que acaba de llegar a su turno. “Intentamos denunciar este mundo invisible a ojos de mucha gente, pero que se sepan también las razones por las que esto ocurre. Sabíamos que esto podía pasar porque hemos estado en movimientos como el antidesahucios y para nosotros no es nuevo”, lamenta antes de explicar que “muchísima gente del barrio trabaja en hostelería o servicio doméstico, que está muy perjudicados y precarizados, muchas veces por horas y sin contratos”. “Ha sido de un día para otro. Puedes tener recursos para un mes o dos, pero ya más…”.

“Viene ayuda de todas partes en cantidades grandes y pequeñas. Es variadísimo. Cada minuto llega una bolsa”, dice antes de que le interrumpan: hay que hacerse a un lado porque llega otra furgoneta repleta de alimentos. “Venimos a traer unas cosas, ¿podemos aparcar ahí?”.

En un instante, han llegado vecinos por todos lados y faltan manos para atender. “Va a haber que hacer una manifestación para que el ayuntamiento deje algo”, sugiere una señora de avanzada edad mientras deja varios paquetes de pañales. A la par, aparece una pareja que se presenta: “Somos de una distribuidora de leche y queremos donar 41 cajas de leche que caducan en una semana”. Solo les puede atender otra vecina, también desbordada, que les pide por favor que le escriban un WhatsApp por la noche para organizarlo. “¿Qué más necesitáis?”, le dicen. “Luego lo hablamos, porque no puedo ya ni pensar, te lo juro”, responde. También aparece otro voluntario para pedir que venga “el especialista en estanterías, porque están hasta arriba y se están yendo a la mierda”.

Esta asociación cuenta ya con un registro de 1.100 personas necesitadas, aunque no todas acuden todas las semanas. Las distribuyen en grupos de WhatsApp, donde a veces se salen algunas personas y les avisan de que “ya no lo necesitan porque han cobrado el ERTE, por ejemplo. “Nos agrada muchísimo, pero igual son 20 casos entre un millar”, lamenta.

Los límites de la red vecinal

Yolanda espera que, ante la generalización de las redes vecinales por otros barrios, la demanda se reduzca en esta sede. “No podemos atender a mil familias porque pretendemos llegar a conocerlas, saber quién son, no dar por dar, mantener una relación afectiva de apoyo aunque no sea profesional, porque no lo somos”, enfatiza mientras pasea por lo que sábados y domingos es una cola de cientos de metros.

“Tenemos empapelado esto con los nombres y teléfonos de quien de verdad debería ocuparse de esto, que son los servicios sociales, pero en esos números ni responden. No quieren dar de comer a esta gente porque tienen otros planes para el superávit del Ayuntamiento”, les afea para denunciar: “Ayuso y Villacís dicen que no les queremos pasar los datos pero, por favor, que abran los teléfonos. Además, el único dato de valor que recogemos es el domicilio porque no entregamos las bolsas a una persona particular, sino a una casa. Solo queremos saber cuántos son y qué necesidades tienen, como si tienen menores a cargo”.

También critica que les han dado “respuestas extrañas” para no ceder determinados espacios, como un par de casetas que hay en el parque de al lado. “Los hemos pedido para almacenar y la excusa es que no tienen luz, pero son ellos los que dan la licencia. Sería ideal tenerlos con este trajín que tenemos aquí. Solo nos han ofrecido un centro cultural que está a un kilómetro. No podemos estar yendo y viniendo de allá para acá con tantas, además de que tiene unos horarios. Nosotros hoy estamos haciendo cajas hasta las 12 de la noche”, explica esta vecina.

Aprovecha el momento para señalar algunos locales comerciales que les han servido de acogida: “Ahí donde pone Electrónica Aluche tenemos 30 metros cuadrados en cada planta. También La CABA o la librería Santander, que ha recogido nuestro mobiliario para que tuviéramos hueco en la sede”. “Lo del comercio local es impresionante. Hemos dejado una caja en cada comercio y cada día nos llaman porque está ya llena. La respuesta es aplastante. Ah, y ese camión también nos lo han prestado para guardar alimentos”. “Todo esto es la calle Quero, pero le podríamos llamar la plaza de la solidaridad”, sugiere.

Les es imposible medir los kilos de comida o productos de higiene que dan cada día, pero las cifras que gastan están disparadas. Solo con las donaciones económicas, empezaron a hacer compras semanales de 6.000 euros. Esta semana la cifra ya alcanzaba los 15.000. Y dan mucho de sí. “También tenemos ayuda de Asomafruit y el Banco de Alimentos de Mercamadrid. Allí podemos tener 4-000 euros de factura, pero son muchos más porque nos ofrecen más por si lo necesitamos y no tienen problema en darlo por el mismo dinero”.

Otro remitente suelen ser los comités de empresa, “como los bomberos, que consideran que la gente que vive a su lado no se puede quedar sin nada en la mesa”. “Tú no eres feliz teniendo tu comida si el que está a tu lado no la tiene. Nos tenemos que replantear qué tipo de sociedad queremos dejar a nuestros hijos e hijas, qué tipo de sociedad deja este tipo de hambre en pleno siglo XXI”, reflexiona Yolanda.

La actividad se sigue acelerando y, con ella, la sensación de agobio. ¿Cuánto va a poder aguantar así la asociación vecinal? Se hace un pequeño silencio antes de contestar: “Es una buena pregunta y no lo sé…”. Le vuelven a interrumpir en mitad de la frase. Es un hombre de mediana edad que, con acento de Europa del Este, se ha acercado a preguntar tímidamente: “¿Mañana a qué hora, más o menos?”. Yolanda le pregunta si está registrado y responde afirmativamente. “Pues esta noche os decimos la hora definitiva, tenemos que verlo. Gracias”.

“Esta gente invisible para la Administración no lo era para nosotros: sabíamos que estaban ahí, precarios, mal pagados, explotados“, critica esta vecina a modo de conclusión, recordando que “un sistema económico como el que nos rige sin esta gente colapsa”. Y pone el punto y final: “El día que todo el mundo vuelva a trabajar dependerán de quién ayuda en sus casas, ya sea con la limpieza, los mayores, la comida… Se habla de conciliación, ¿pero es en favor a explotar al de más abajo? No me parece”.

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